Si la identidad mexicana fuera una Lotería, nuestras lenguas serían esas cartas que nunca deberían quedarse en la caja.
El maíz. El nopal. La luna… Y también: el náhuatl, el mixteco, el maya, el zapoteco, el purépecha, el otomí. Cada una con su historia, su sonido, su manera de nombrar el mundo.
El 21 de febrero, Día Internacional de la Lengua Materna, suele llenarse de frases bonitas sobre diversidad cultural. Pero más allá del discurso, hay una pregunta incómoda que vale la pena hacer: ¿qué pasa cuando dejamos de “cantar” nuestras propias cartas?
Porque en muchas familias migrantes la historia es parecida. Los abuelos hablan la lengua originaria. Los padres la entienden, pero la usan menos, sus hijas e hijos la escuchan como eco. Y de pronto, en una generación, esa carta desaparece. Y cuando una lengua se pierde, no solo se pierde una forma de hablar, sino que se pierde una forma de pensar.
Para una comunidad migrante, la lengua materna no es un detalle romántico: es territorio simbólico. Es la forma en que la abuela regaña. Es la manera en que se pide consejo. Es el tono en que se hace una broma, se canta, se nombra la comida.
Cuando una familia cruza la frontera, no solo cruza con documentos o sin ellos: cruza con palabras. Y esas palabras cargan memoria. En Estados Unidos, muchas comunidades mexicanas viven un doble proceso: por un lado, el orgullo de hablar español frente a un entorno angloparlante; por otro, el silencio progresivo de las lenguas indígenas frente al propio español. Es decir, dentro de la experiencia migrante también hay jerarquías lingüísticas.
Hablar inglés abre puertas laborales. Hablar español conecta con la comunidad. ¿Y hablar mixteco? ¿Hablar maya? Ahí la conversación se vuelve más profunda. Porque las lenguas originarias no son un “plus cultural”: son parte de un derecho. El derecho a la identidad. El derecho a la transmisión cultural. El derecho a no desaparecer.
La buena noticia es que hay comunidades que deciden no dejar que sus cartas se pierdan. En Oaxaca, tenemos radios comunitarias que transmiten en lenguas indígenas. No es un gesto simbólico: es información útil sobre salud, educación, derechos y organización comunitaria en la lengua que la gente realmente habla. La lengua deja de ser ornamento y se vuelve herramienta.
En la península de Yucatán, colectivos y docentes han impulsado talleres y materiales educativos para revitalizar el maya en espacios urbanos, no solo en comunidades rurales. Se enseña a leer y escribir en maya a nuevas generaciones que crecieron escuchándolo en casa pero nunca lo aprendieron formalmente.
En California, donde vive una de las poblaciones mixtecas más grandes fuera de México, organizaciones comunitarias han promovido servicios de interpretación en mixteco en hospitales y tribunales. Esto cambia vidas. Literalmente. Porque no es lo mismo enfrentar un proceso legal o médico en una lengua que apenas dominas, que en la lengua en la que piensas.
Estas iniciativas no son nostalgia: son estrategia cultural. Son comunidades diciendo: esta carta no se pierde.
Hay algo que rara vez se dice: muchas personas dejaron de hablar su lengua materna por vergüenza. Durante décadas, hablar una lengua indígena en México fue motivo de discriminación. En Estados Unidos, el estigma se duplicó: ser migrante, hablar español, y además hablar una lengua originaria.
La presión por “integrarse” hizo que muchas familias optaran por el silencio lingüístico como mecanismo de protección. Pero algo está cambiando. Hoy vemos juventudes que preguntan a sus abuelos cómo se dice tal palabra. Que buscan clases. Que crean contenido en redes en lenguas originarias. Que entienden que recuperar la lengua no es retroceder, sino expandirse. No es elegir entre inglés, español o zapoteco. Es entender que se puede habitar más de un mundo. La lengua materna, entonces, deja de ser una herencia pesada y se convierte en superpoder cultural.
Cuando hablamos de lenguas maternas, no estamos hablando solo de tradición. Estamos hablando de acceso a servicios. De educación pertinente. De información clara. De representación.
Si una persona no recibe información médica en su lengua, eso no es solo una falla cultural: es una falla estructural. Si un niño crece sin escuchar su lengua en la escuela, el mensaje implícito es que esa lengua no vale lo mismo. Y ahí la Lotería deja de ser juego. Se vuelve política pública. Defender las lenguas maternas implica defender que ninguna carta valga menos.
Quizá tu lengua materna es el español y en casa se mezclan frases en inglés. Quizá es el náhuatl que escuchabas en vacaciones. Quizá es una lengua que entiendes pero nunca te enseñaron a escribir. La pregunta no es cuántas lenguas hablas con fluidez. La pregunta es si reconoces el valor de la que te dio origen.
En una comunidad binacional como la nuestra, la diversidad lingüística no es excepción: es norma. Vivimos entre códigos, acentos y traducciones constantes. Eso no nos fragmenta. Nos amplía. Si la identidad fuera una Lotería, no gana quien tenga más cartas, sino quien sabe reconocerlas.
Este Día Internacional de la Lengua Materna no se trata solo de celebrar. Se trata de decidir qué cartas no estamos dispuestos a perder. Porque cuando una lengua se apaga, se reduce el mundo. La próxima vez que escuches una palabra en una lengua originaria, vela como lo que es: una memoria viva cruzando fronteras.
Y pregúntate, sin solemnidad pero con honestidad: ¿Qué palabra heredaste que todavía no has vuelto a pronunciar?